De la ingenuidad a la fascinación: Maxi Riedel y la magia del cristal

De la ingenuidad a la fascinación: Maxi Riedel y la magia del cristal

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Por Eduardo Cader, Cofundador de Tanino, WSET L2 y Rioja Wine Enthusiast

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Hay catas de vino. Y luego están esas experiencias que, sin exagerar demasiado, te obligan a replantearte toda tu relación con las copas que tenés en casa.
Eso fue exactamente lo que ocurrió en Madrid durante la “Wine Experience” dirigida por Maximilian “Maxi” Riedel. Una mezcla impecable de masterclass técnica, espectáculo sensorial y demostración empresarial por parte de alguien que no solo entiende el vino: entiende perfectamente cómo comunicarlo. Para quienes lo hemos seguido en Instagram, y disfrutamos viéndole disfrutar de grandes vinos en sus grandes copas, fue una experiencia casi religiosa.
Para la sesión había que comprar el set de cata de las míticas copas “Riedel Veloce”, una colección diseñada específicamente para mostrar cómo la arquitectura de cada copa modifica radicalmente la percepción del vino, tanto en nariz como en boca. Y sí: al principio había ingenuidad -imagino que entre todos- respecto de si eso sería así o simplemente sería puro marketing. Y no, no es marketing. No es sugestión colectiva. No es una extravagancia para obsesivos del vino. Después de comprobarlo, resulta casi irritante descubrir hasta qué punto la forma de la copa altera la experiencia. Irritante porque al final de la experiencia quisieras tener una colección de copas infinita.
Maxi Riedel tiene además una presencia muy poco común. Heredero de una dinastía histórica del cristal, podría limitarse a repetir un discurso corporativo cuidadosamente aprendido. Pero no. Es un gran comunicador: combina la precisión técnica de alguien que lleva décadas estudiando el comportamiento organoléptico del vino con el carisma relajado de quien sabe leer una sala perfectamente. Tiene ritmo, humor, timing y, sobre todo, una habilidad brillante para convertir conceptos técnicos complejos en algo intuitivo y emocionante.
Y funciona. Te divierte. Te hipnotiza.
Porque cuando te pide que probés el mismo vino en dos copas diferentes y, de repente, un Chardonnay pasa de sentirse plano y alcohólico a mostrar tensión, volumen, fruta blanca y equilibrio… la sala entera empieza a mirarse con una mezcla de fascinación y ligera crisis existencial. Murmullos. Risillas.
La experiencia comenzó con dos blancos muy distintos. Por un lado, un Cloudy Bay Sauvignon Blanc 2023 de Nueva Zelanda, explosivo aromáticamente, lleno de notas cítricas, fruta tropical y ese carácter herbáceo tan característico de Marlborough. En la copa adecuada, el vino mostraba una acidez vibrante, vertical, casi eléctrica, con una definición aromática precisa y limpia. Pero al cambiarlo de copa, parte de esa tensión desaparecía y el alcohol empezaba a sobresalir de manera mucho más agresiva.
Magia.
Después llegó el Avgvstvs Fòrum Chardonnay 2023, un Chardonnay español (si, los hay) con mucha más amplitud y textura. Aquí fue fascinante observar cómo la copa podía enfatizar o destruir el equilibrio entre la cremosidad, la fruta madura y la frescura. En una copa más cerrada, el vino parecía pesado y algo cálido; en la correcta, aparecían capas de fruta de hueso, volumen glicérico, notas sutiles de barrica y una integración muchísimo más elegante de la acidez.
Y entonces llegaron los tintos.
El Castell d'Encus Acusp 2022 fue probablemente uno de los momentos más reveladores de la tarde. Un Pinot Noir delicado, complejo y peligrosamente sensible a la copa equivocada. En la copa adecuada, aparecían flores secas, cereza ácida, especias suaves y una textura sedosa absolutamente preciosa. En otra copa, el vino se comprimía, perdía expresión aromática y mostraba taninos más secos y menos elegantes. Era como escuchar la misma canción con auriculares de dos calidades lejanas una de la otra.
Y finalmente llegó el vino que terminó de destruir cualquier gota de escepticismo restante en la sala: el Can Ràfols dels Caus de Caus Lubis 2004. Un Merlot (¡también los hay en España!) con más de veinte años, profundo, evolucionado, lleno de terciarios, cuero, tabaco, fruta madura y notas balsámicas. Aquí la diferencia entre copas fue obscena. En una, el alcohol dominaba y los taninos parecían duros; en otra, el vino se volvía redondo, complejo y armónico, con un final largo y elegantísimo.
Y ahí entendí realmente lo que Maxi y su compañía lleva décadas defendiendo: la copa no es un accesorio. Es una herramienta de precisión.
Maxi explicaba cómo cada diseño modifica el flujo del vino en boca, el punto exacto donde acaricia la lengua, la concentración aromática y la velocidad de oxigenación. Y, de repente, conceptos que muchas veces parecen pretenciosos en el mundo del vino cobraban sentido de manera absolutamente tangible. Pudiendo entenderlo cualquiera, por supuesto.
Pero lo más brillante de la experiencia es que no intenta convencerte con teoría. Te obliga a comprobarlo por tu cuenta.
Se entra al salón pensando que quizá todo esto de las copas específicas para cada varietal es un exceso sofisticado del mundo del vino. Y se sale preguntándose cómo ha podido beber Pinot Noir durante años en cualquier copa “más o menos grande” o, inimaginablemente de un vidrio estándar.
Y sí, también sale haciendo cálculos mentales muy peligrosos sobre cuánto costaría renovar las copas de casa.
Probablemente esa sea la verdadera genialidad de Maxi: consigue que una sala llena de adultos descubra, durante dos horas, algo tan simple y fascinante como que el vino todavía puede sorprendernos.
Al siguiente día, Maxi voló a Logroño, para celebrar la misma experiencia con personas de la industria Riojana del vino. Me hubiera encantado estar ahí para ver las mismas caras de sorpresa y fascinación en los expertos. Seguramente fueron iguales a las nuestras, las de los amateurs reunidos una tarde antes en un “Monday Wine Fun Day” en Madrid.

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